miércoles, 21 de noviembre de 2007

Capítulo I: El accidente.



Capítulo I: El accidente.

Me parece un tanto extraño hablar solo, o con alguien que le interese lo que tengo para contar. Mi nombre es Francisco Vergara (Aunque ya nadie lo recuerde), pertenecí a una muy renombrada familia de los altos estratos, en un país no tan renombrado.

Hasta mi accidente, solía ir a diario a un colegio (Si así se le puede nombrar), donde supuestamente fundé amistades, y todo lo restante que conllevas por querer ser alguien sociable.

De mi familia ya no me acuerdo. Creo que debo haber tenido unos padres, claro, pero no me acuerdo de sus nombres, ni de sus rostros, ni del entorno en el que nos relacionábamos.

De lo que más me acuerdo es de mi accidente. Creo que todo comenzó mientras visitábamos un país vecino al nuestro con todo mi curso y algunos profesores. Junto a ellos visitamos varias ciudades, sorprendidos por la falta de civilización que se vivía.

Uno de los lugares que más llamó mi atención fue donde fuimos a cenar la noche del sábado, donde además partirían mis problemas.

El lugar se veía muy rústico y pequeño. El suelo era tierra, lo que comprenderán que para un restaurante no es muy higiénico, además el polvo que se levantaba muchas veces hasta dificultaba la visibilidad. Los muebles eran todos de madera, pero al natural, como si las cosas se apoyaran en los mismos árboles que brotaban de la tierra, lo que hubiera resultado familiar, ya que no se veía como un lugar tan refinado como para mandar a hacer sus propios muebles de madera al natural, y menos hechos por ellos.

Lo que si me gusto fue el bar, tenía una cantidad de licores de tan lejana procedencia, que claramente yo nunca había ni escuchado el nombre ni nada. Y junto a alguien (ya no recuerdo quien pudo haber sido, pero debe haber sido un amigo) nos acomodamos ahí y nos largamos a beber.

El trago que pedí parecía un helado de vainilla derretido con algún polvillo negro esparcido al tope, era un tanto espeso, pero con un sabor más bien fuerte, parecido al aguardiente, pero con características de ron, era extraño.

El trago de quien me acompañaba era diferente, era rojo, de un rojo fuerte parecido al de la sangre, y con unos pequeños bastoncillos verdes y platos rojos. Su sabor era más leve y de carácter más dulce (parecido al de la granadina), pero bastante mareador al tragar.

Luego de tanto vaivén de tragos quisimos pedir algo para comer, pedimos lo más barato de la carta (a esta altura no nos quedaba mucho dinero, y el precio de los tragos no había aportado al ahorro). Dirán que estoy loco pero les puedo asegurar que lo que nos trajeron, de apariencia, era un pedazo de tierra seca, con aspecto un poco mas redondeado y aplastando algo, casi como si quisiera ser un pan. La presentación no era característicamente grata tampoco, era un plato de madera (Esta vez pulida) con algo de polvo, que nos lo dejaron raudamente en el espacio que nos quedaba entre copas y demáses en la barra, no nos trajeron ningún utensilio particular que sirviera para comer el par de terrones, así que deduje que debía comerlos con las manos.

Antes de empezar a comer me fijé en que el plato traía una nota que decía, en un vocabulario un tanto reducido y poco amable, “Deja uno”.Pero no me deje llevar por la nota ni por la vista y decidí probarlo.

Me llevé una grata sorpresa al percatar su sabor, creo que podía ser uno de los alimentos más sabrosos que probé en este extraño país.

Al terminar el primero, recordé la nota nuevamente, lo cual me detuvo un par de segundos antes de darle la primera mordida al segundo. Éste mantiene el sabor y la impresión que me causo el primero.

Cuando ya no me quedaba mucho por comer me percate que uno de los asistentes del lugar me miraba fijamente, no era una mirada simple, era insistente, incisiva, casi como si tratara de matarme con la misma. Fue la nota, pensé. Qué habría de especial en aquella nota. Pero ya no me quedaba tiempo para reflexiones, el tipo se acercaba rápidamente hacia mí, mientras señalaba mediante unos extraños gritos a sus compañeros, para que me detuviesen. Sin pensarlo decidí correr, escapar ante el terrible miedo de un enemigo incógnito, que sólo me persigue. Corrí con todas mis fuerzas, dejando de lado el restaurante, insertándome en un extraño, oscuro bosque. Pero no sirve de nada, ellos son muchos y es muy grande el terror. Mientras me atrapan me vuelvo a cuestionar la causa de la persecución, que tendría la nota de especial, qué le pasa a esta gente, cuál sería el delito que cometí. Sólo el tiempo me dará respuestas.

lunes, 19 de noviembre de 2007

El verbo se rehusa
a que el adjetivo emita comentario alguno.


Del ave, para que no vuele.
ni inunde los cielos de color,
zurcado por su propio destino.


Del Árbol, para que no sea bosque,
para que no sea árbol,
para que no viva, ni muera, ni mate,
ni caiga en cuenta de qué lo asusta.


De las nubes
que cruzarán,
sin destino,
lugares que ni el mismo verbo conoce,
porque lo asusta,
porque sufre por conocer.


De nada, de todo y de siempre y de por qué.
Y de nunca y de tal vez y de antes y de ahora.


El verbo se rehusa
a que el hombre lo mire,
o lo piense,
ni siquiera nombrarlo,
por si mismo.


Pero el verbo no es nadie,
para callar por sí mismo.

Este escapa,
se escabulle
entre sus propias sombras,
que lo acusan a sí mismo,
a que salga,
que se enfrente a sí mismo,
a nosotros mismos.


Porque el verbo no es nadie,
sino quien hace de él,
lo que hacemos de nosotros mismos.


Éste tiene una cita,
a la cual teme asistir.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Inaudible Paradoja.

¿Qué decidir?
¿Qué pensar?
¿Qué soñar?
¿Qué sentir?


No sé nada.
Pero si sé...
Si, debo seguir, dondequiera que fuese.
¿O esperar?


Palabras confusas, inaudibles,
inexistentes, inamovibles.
Me llenan de sus absurdas carencias de sentido...


Cuando el viento ya no me persigue,
sino me lleva, me alza,
y azotandome contra su púrpurea venganza,
me deja caer, pero no libre,
sino vacío, sin colores, sin una mísera puerta
que pudiese abrir.


Cuando las hojas no caen,
sino nacen.
El frío no cala, sino escapa.
Las nubes corren, asustadas,
por el mismo viento que me vuelve a tomar,
que me vuelve a azotar,
que me vuelve a dejar.

Debo escapar.
¿Dejar de lado?

No.
Afronto.
¿Pero que ira a seguir?

no mas torturas absurdas,
no mas deseos imposibles,
no mas amores incontrolables.

!Déjame vida mía!
Que si no lo haces
no podré seguir,
salir de tu misma tortura.

Las olas callan, el viento ya no sopla,
las hojas no caen ni brotan,
es tan sólo un segundo,
en que la vida desaparece,
todo que en blanco otra vez.

Me voy...

martes, 6 de noviembre de 2007

Interminable


Algo que pretende escapar denuevo.
Poemas vacíos
que innundan, sin sentido,
lugares que aborresco,
que me hacen recordar,
que recuerdo.


Recuerdo angustias,
por sí solas,
sin estar o parecer.
Recuerdo buenos momentos,
amistades, comañías,
amores.


No, amores no.


Sólo amor, besos,
caricias, abrazos,
!Sentimientos que te llenan!
y que te dejan con el sentido
más grande de tu vida.
Quieres viajar, dar vueltas, rodar,
escribir un libro,
plantar un árbol.


!Qué falsos sentidos predicas!
tú si que no sabes de sentido.


Recuerdo la belleza,
recuerdo otoños,
que te llenan con su propia vida,
esa que renace con cada hoja,
y note deja caer,
ni tán sólo un segundo.
que te hacen crecer,
ser, parecer que eres otro.


Y esa angustia que resuena,
con canciones sin sentido,
que te pretenden alcanzar,
porque tán sólo pretenden.


Esa angustia vacía
se acerca y muero,
pero no muero, !Sino vivo!
vivo con más fuerza,
vivo por mí, por tí,
!Por la angustia misma vivo!


Tengo un incansable vicio que suplir.