lunes, 3 de noviembre de 2008

Las primaveras se agotaron

Las primaveras se agotaron.

Las primaveras ya no alegran, no emocionan, no enamoran, ya no sirven.

Las primaveras decepcionan, por lo mismo, porque se espera que esta nos produzca ese grato amanecer que necesitamos antes de finalizar el año, pero ya no llega como antes.

Y es esta decepción la que me hizo caer en la cuenta de que las primaveras simplemente no existen, más allá de ser una época del año. Y que no es raro que, aún estando en primavera, puedan aflorar en mi, no precisamente rosas o tulipanes, sino enfados, diferencias, egocentrismo o intolerancias extremas.

De estos defectos me he acordado, y que en base a ésta me alzo a escribir esta prosa, al oír una notable frase de Joaquín Sabina. Éste nos recuerda en Más de cien mentiras que tenemos Talones de Aquiles sin fondos.

Si bien parece sencillo tomar el sentido que desea expresar esta pequeña metáfora, ya que la mayoría de nosotros ya conocemos, levemente siquiera, la narración mítica de Aquiles y la Iliada; es preciso recaer en la contextualización de esta frase hacia nuestras propias vidas y comportamientos cotidianos, a través de cómo nos identificamos con nuestros defectos; para tener un sentido real de ésta.

Haciendo una síntesis de la historia, podemos recordar que Tetis, madre de Aquiles, lo llevó al río Estigia, donde las aguas que corrían por allí hacían insensible a cualquier herida que lo tocaran, Tetis lo sumergió agarrándolo únicamente del talón, y fue por ello que Aquiles solo tenía un punto débil: el talón, única parte de su cuerpo que no fue tocada por el agua. Ahora, llevándolo a una perspectiva a nivel personal, podemos identificar el Talón de Aquiles con nuestros defectos, nuestras debilidades, y al decir que no tienen fondos, implica pensar en que éstos son infinitos y hasta, a veces, desconocidos.

Estos defectos forman parte de lo que podemos llamar sombra, la parte oscura de nuestra conciencia, donde recaen nuestros defectos, esos que nos disgustan y que no reconocemos y que, por lo tanto, no los vemos como parte de nuestra personalidad. Por lo menos hasta ahora toda la gente que he conocido se hace decir una persona buena, sin excluirme.

En consecuencia nosotros no reconoceríamos nuestro talón (de Aquiles) como parte de nuestro cuerpo, siendo el talón nuestra sombra y el cuerpo nuestra personalidad.

Pero anteriormente no alcanzamos el final de la historia, pasa que Aquiles es alcanzado por una flecha envenenada, en medio de una batalla, la que llega justo en su talón débil. Hecho que le produce la muerte.

Y llevándolo al plano personal esto no funciona tan diferentemente, cuando alguien saca a relucir alguno de nuestros defectos, tanto en un contexto argumentativo como en uno burlesco, seguramente nos duele o nos enfada, lo que no sucede cuando nos imputan defectos que no forman parte de nuestro talón. Y reconocer un defecto nos duele.

Por lo mismo es común reconocer ciertas actitudes en pos de radicar nuestro talón de nuestro cuerpo, como cuando usamos botines de plomo, cosa que nadie se entere de nuestros puntos débiles, que no lleguen a reconocerlos, lo que origina una imagen errónea de nosotros.

También podemos proyectar nuestro talón en otros, sea reconociéndoles defectos que más bien forman parte de los nuestros, o bien sintiéndose atacado o presionado por otro, siendo que quienes nos atacamos y presionamos somos nosotros mismos.

Estos mecanismos de defensa de nuestra personalidad no deben sernos indiferentes, ya que complican y perjudican nuestras relaciones con las demás personas. Será, de todas maneras, mucho más armónica nuestra relación con otras personas si sabemos reconocer nuestros defectos e integrarlos a nuestra personalidad, hacerlos concientes, de manera que podamos formar en nosotros un ego equilibrado que nos permita relacionarnos saludablemente con quienes nos rodean.

Es este el sentido del sufrimiento que acarrea la aceptación de nuestros defectos, vivir de manera saludable.

Y como ya he dicho, las primaveras se agotaron, los defectos, aún en primavera, pueden aflorar más rápido que todas las flores juntas, pero aceptándolos puede que la primavera se digne a visitarnos de vez en cuando.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Pálidos

Es Domingo, y como siempre, voy al cementerio general a dejar unos cuantos claveles blancos a mi tumba. Nuevamente, y como siempre, mi reflejo no aparece en las puertas.
Hoy, y como siempre, la gente palidece en el vagón. Será la maldita tuborculosis (no la conoceré yo), o el gobierno que no conforme, o el simple mal humor general.
Y, ¿Estaré pálido?. Si lo supiera sabría mis razones, tal vez las del resto.
Me esforzaré por reflejarme el próximo Domingo.

Estación por estación

Nos besamos desenfrenadamente,
recorrimos nuestros cuerpos,
nos juramos amor eterno
y casi llegando al final,
Proyectamos nuestras vidas
hacia un mismo fin.
Pensé que por fin
había encontrado el amor tan preciado,
cuando al llegar a Baquedano
escapo con mi corazón en sus manos.
Fue mi sexto amor de esta semana,
¿Cuándo alguna se irá a bajar en Tobalaba?

Esta vez no hay título

Esta vez nadie se alegra,
nadie sonríe.
No hay permisos.
No se tramita.


Esta vez nos mentimos,
nos juramos y traicionamos.


Esta vez nadie llora,
no hay castigo.
Pero pena, mucha pena.


Esta vez no hay acuerdo,
Hay peleas.
Si, batallas inconclusas.


Y qué.


Esta vez no se lee.


Sólo esta vez.

Verdad

Y si la vida tomara sentido
no sería sentido, sino falacia.
Falacia de una muerte acongojada
de ritmos ilusorios
y materias sin contar.


Y si la tierra llegara a su fin
poco de fin sino comienzo
serían las flores marchitas en primavera.


De esas primaveras que no alegran,
que no funcionan,
que terminan porque quieren.


Me han pedido que contraste
y contrasto
me han pedido que piense
y pienso.


Me han pedido que mienta
Y muero.

miércoles, 16 de abril de 2008

Capítulo II: El Juicio (casi final)


Capítulo II: El Juicio.

Y todo paso como debiese haber sido. Luego de la extraña persecución en el bosque, ese bosque inmenso que me tapaba con sus sombras y que, poco a poco, iba fraguando la herida del miedo provocado por estos hombres.

Luego de que me atrapan, me cubren por una especie de malla de pescar, pero no tan delgada; y no tan gruesa como una malla de cuero. Me volvía a encontrar con materiales desconocidos.

Luego de que me cuestionase el tipo de artefacto que utilizaban para atraparme, y entre gritos, patadas y manotazos que me obligaban a quedarme quieto, no recuerdo nada. Tal vez me quede dormido, o quizás me inyectaron algún químico que me hiciese dormir profundamente. Lo que nunca llegue a averiguar, tal vez sólo me había desmayado, y nadie se habrá preocupado por tratar de despertarme.

Al despertar me cuesta creer el paisaje que aprecio, no por su magnificencia o belleza, sino que por lo familiar que me resulta. Es mi colegio, el patio del colegio, frente a la mayoría del curioso alumnado del lado izquierdo, y un montón de personas, muy parecidas a quienes me persiguieron en aquel bosque del extraño país, con poca y desgastada ropa, algunos con maderas entremezcladas en sus vestimentas, y todos con pies descalzos; al lado derecho. Y en el frente estaba, de manera muy gloriosa, pero a la vez excéntrica, la directora de mi colegio, junto a un hombre, también parecido a los que me atraparon, pero con un semblante distinto, de esos que te obligan a demostrar respeto, que además infunden miedo y sospecha.

Al notar que despierto, uno de los hombres del lado derecho, que más bien parecía un guardia, con cicatrices varias, rostro duro, sin expresiones, ni nada de esas cosas que todo el mundo tiene y solemos llamarle emociones; se empieza a acercar bruscamente hacía mí. Luego me toma del brazo y me levanta, luego me lleva hacia el centro del lugar donde estábamos, en éste estaba dibujado un círculo. Luego de reconocerlo como la cancha del colegio, el ambiente ya se asimila más bien a un congreso jurídico de tal extraño país.

Ya ubicado en el centro del lugar, y de atención, miradas y opiniones, la directora del colegio, comienza a hablar. Me pareció muy extraño, pero a los habitantes o representantes del ese país vecino nunca los oí hablar, a excepción de sus particulares gritos en el momento de la persecución. Luego del discurso de la directora me quedaría todo supuestamente claro. Explicaba que la base de la confianza entre nuestros dos países se ha debido al respeto del uno hacia el otro, y que es fundamental para mantener los conflictos fuera. Llegando al final, y con un poco más de apuro, finalmente declaro mi absurdo crimen.

Me comí los dos terrones, me sentí tan estúpido, la nota decía “deja uno”, obviamente tenia q dejar uno de los terrones. Explicó que para nuestro pueblo vecino era una importante muestra de respeto dejar la mitad de los alimentos que uno consume en cualquier parte del país. Y por el caso de ser un lugar turístico, los platos traen tal indicación “deja uno”, y como ya he señalado, estos seres no tenían muy amplio vocabulario.

Terminada la sentencia, la directora, proclamaría mi simple, pero no peor castigo.

Éste me condenaba a expulsar de mi cuerpo el pecaminoso alimento injerido, vomitándolo en su totalidad. Con ésta se me aclaraban una de dos cosas, la primera era que realmente había pasado poco tiempo desde el episodio de la captura en el bosque, y que por consecuencia, los alimentos todavía no alcanzaban a ser digeridos. Y la segunda era que realmente si había pasado un tiempo largo desde mi captura, y que realmente estos seres ni siquiera habían oído hablar de la biología humana, alguna vez en su vida.

Luego de dejarme llevar por algo de mi aspecto que alcancé a apreciar, sumado con m vasta lista de prejuicios contra estos seres, y del poco criterio que podría haber alcanzado a llegar la directora de mi colegio, como para hacer cualquier cosa con el objetivo de inculcar la paz entre nuestras naciones; me rehusé. Me rehusé a asumir mi castigo, y decidí apelar por mis derechos.

Dentro de mi escaso bagaje acerca de estos recordé lo que alguna vez escuche como los derechos humanos, esos que no nos quitan ni nos dan, esos que nos son inherentes. Pero su respuesta es tan insatisfactoria como extraña, la directora insiste en que no poseo derechos humanos.

Un extraño impulso interno me insita a escapar, correr, sin importar fronteras. Corro, con todas mis fuerzas, entro en un bosque tan poco tupido, como el miedo que se empieza a infundar aquí dentro. Pero ya mis fuerzas no bastan y soy alcanzado por un par de guardias, sin embargo, en contradicción del miedo que me apresaba, logro defenderme y escabullirme de su sombría tarea. Nunca he sido una persona agresiva, de hecho no creo haber golpeado nunca a una persona con intensiones bélicas, pero sorpresivamente me doy cuenta que no soy un mal peleador. Esto hasta me da más energía y confianza para mi escapada.

Luego de victoriosos encuentros bélicos con guardias, y de varios minutos corriendo, llego a un hermoso claro del bosque, que mas que claro parece un oasis entre tanta oscuridad. Aquí me relajo, y trato de pensar en mi nueva vida como prófugo de la ley.

Creo haber leído alguna vez un best seller referente a un fugitivo, pero no hay tiempo para recuerdos. Me siento atrapado, no por guardias ni bestias misteriosas (que hubiese sido lo más sensato a pensar en tal instancia), sino por mi mente que me atrapa en una profunda desesperación libidinosa.

Hay sombras, que me obligan a volver a acrecentar mi miedo, me obligan a temblar. Ya no hay escapatoria alguna, no seré un fugitivo. Seré un reo más.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Capítulo I: El accidente.



Capítulo I: El accidente.

Me parece un tanto extraño hablar solo, o con alguien que le interese lo que tengo para contar. Mi nombre es Francisco Vergara (Aunque ya nadie lo recuerde), pertenecí a una muy renombrada familia de los altos estratos, en un país no tan renombrado.

Hasta mi accidente, solía ir a diario a un colegio (Si así se le puede nombrar), donde supuestamente fundé amistades, y todo lo restante que conllevas por querer ser alguien sociable.

De mi familia ya no me acuerdo. Creo que debo haber tenido unos padres, claro, pero no me acuerdo de sus nombres, ni de sus rostros, ni del entorno en el que nos relacionábamos.

De lo que más me acuerdo es de mi accidente. Creo que todo comenzó mientras visitábamos un país vecino al nuestro con todo mi curso y algunos profesores. Junto a ellos visitamos varias ciudades, sorprendidos por la falta de civilización que se vivía.

Uno de los lugares que más llamó mi atención fue donde fuimos a cenar la noche del sábado, donde además partirían mis problemas.

El lugar se veía muy rústico y pequeño. El suelo era tierra, lo que comprenderán que para un restaurante no es muy higiénico, además el polvo que se levantaba muchas veces hasta dificultaba la visibilidad. Los muebles eran todos de madera, pero al natural, como si las cosas se apoyaran en los mismos árboles que brotaban de la tierra, lo que hubiera resultado familiar, ya que no se veía como un lugar tan refinado como para mandar a hacer sus propios muebles de madera al natural, y menos hechos por ellos.

Lo que si me gusto fue el bar, tenía una cantidad de licores de tan lejana procedencia, que claramente yo nunca había ni escuchado el nombre ni nada. Y junto a alguien (ya no recuerdo quien pudo haber sido, pero debe haber sido un amigo) nos acomodamos ahí y nos largamos a beber.

El trago que pedí parecía un helado de vainilla derretido con algún polvillo negro esparcido al tope, era un tanto espeso, pero con un sabor más bien fuerte, parecido al aguardiente, pero con características de ron, era extraño.

El trago de quien me acompañaba era diferente, era rojo, de un rojo fuerte parecido al de la sangre, y con unos pequeños bastoncillos verdes y platos rojos. Su sabor era más leve y de carácter más dulce (parecido al de la granadina), pero bastante mareador al tragar.

Luego de tanto vaivén de tragos quisimos pedir algo para comer, pedimos lo más barato de la carta (a esta altura no nos quedaba mucho dinero, y el precio de los tragos no había aportado al ahorro). Dirán que estoy loco pero les puedo asegurar que lo que nos trajeron, de apariencia, era un pedazo de tierra seca, con aspecto un poco mas redondeado y aplastando algo, casi como si quisiera ser un pan. La presentación no era característicamente grata tampoco, era un plato de madera (Esta vez pulida) con algo de polvo, que nos lo dejaron raudamente en el espacio que nos quedaba entre copas y demáses en la barra, no nos trajeron ningún utensilio particular que sirviera para comer el par de terrones, así que deduje que debía comerlos con las manos.

Antes de empezar a comer me fijé en que el plato traía una nota que decía, en un vocabulario un tanto reducido y poco amable, “Deja uno”.Pero no me deje llevar por la nota ni por la vista y decidí probarlo.

Me llevé una grata sorpresa al percatar su sabor, creo que podía ser uno de los alimentos más sabrosos que probé en este extraño país.

Al terminar el primero, recordé la nota nuevamente, lo cual me detuvo un par de segundos antes de darle la primera mordida al segundo. Éste mantiene el sabor y la impresión que me causo el primero.

Cuando ya no me quedaba mucho por comer me percate que uno de los asistentes del lugar me miraba fijamente, no era una mirada simple, era insistente, incisiva, casi como si tratara de matarme con la misma. Fue la nota, pensé. Qué habría de especial en aquella nota. Pero ya no me quedaba tiempo para reflexiones, el tipo se acercaba rápidamente hacia mí, mientras señalaba mediante unos extraños gritos a sus compañeros, para que me detuviesen. Sin pensarlo decidí correr, escapar ante el terrible miedo de un enemigo incógnito, que sólo me persigue. Corrí con todas mis fuerzas, dejando de lado el restaurante, insertándome en un extraño, oscuro bosque. Pero no sirve de nada, ellos son muchos y es muy grande el terror. Mientras me atrapan me vuelvo a cuestionar la causa de la persecución, que tendría la nota de especial, qué le pasa a esta gente, cuál sería el delito que cometí. Sólo el tiempo me dará respuestas.