
Capítulo II: El Juicio.
Y todo paso como debiese haber sido. Luego de la extraña persecución en el bosque, ese bosque inmenso que me tapaba con sus sombras y que, poco a poco, iba fraguando la herida del miedo provocado por estos hombres.
Luego de que me atrapan, me cubren por una especie de malla de pescar, pero no tan delgada; y no tan gruesa como una malla de cuero. Me volvía a encontrar con materiales desconocidos.
Luego de que me cuestionase el tipo de artefacto que utilizaban para atraparme, y entre gritos, patadas y manotazos que me obligaban a quedarme quieto, no recuerdo nada. Tal vez me quede dormido, o quizás me inyectaron algún químico que me hiciese dormir profundamente. Lo que nunca llegue a averiguar, tal vez sólo me había desmayado, y nadie se habrá preocupado por tratar de despertarme.
Al despertar me cuesta creer el paisaje que aprecio, no por su magnificencia o belleza, sino que por lo familiar que me resulta. Es mi colegio, el patio del colegio, frente a la mayoría del curioso alumnado del lado izquierdo, y un montón de personas, muy parecidas a quienes me persiguieron en aquel bosque del extraño país, con poca y desgastada ropa, algunos con maderas entremezcladas en sus vestimentas, y todos con pies descalzos; al lado derecho. Y en el frente estaba, de manera muy gloriosa, pero a la vez excéntrica, la directora de mi colegio, junto a un hombre, también parecido a los que me atraparon, pero con un semblante distinto, de esos que te obligan a demostrar respeto, que además infunden miedo y sospecha.
Al notar que despierto, uno de los hombres del lado derecho, que más bien parecía un guardia, con cicatrices varias, rostro duro, sin expresiones, ni nada de esas cosas que todo el mundo tiene y solemos llamarle emociones; se empieza a acercar bruscamente hacía mí. Luego me toma del brazo y me levanta, luego me lleva hacia el centro del lugar donde estábamos, en éste estaba dibujado un círculo. Luego de reconocerlo como la cancha del colegio, el ambiente ya se asimila más bien a un congreso jurídico de tal extraño país.
Ya ubicado en el centro del lugar, y de atención, miradas y opiniones, la directora del colegio, comienza a hablar. Me pareció muy extraño, pero a los habitantes o representantes del ese país vecino nunca los oí hablar, a excepción de sus particulares gritos en el momento de la persecución. Luego del discurso de la directora me quedaría todo supuestamente claro. Explicaba que la base de la confianza entre nuestros dos países se ha debido al respeto del uno hacia el otro, y que es fundamental para mantener los conflictos fuera. Llegando al final, y con un poco más de apuro, finalmente declaro mi absurdo crimen.
Me comí los dos terrones, me sentí tan estúpido, la nota decía “deja uno”, obviamente tenia q dejar uno de los terrones. Explicó que para nuestro pueblo vecino era una importante muestra de respeto dejar la mitad de los alimentos que uno consume en cualquier parte del país. Y por el caso de ser un lugar turístico, los platos traen tal indicación “deja uno”, y como ya he señalado, estos seres no tenían muy amplio vocabulario.
Terminada la sentencia, la directora, proclamaría mi simple, pero no peor castigo.
Éste me condenaba a expulsar de mi cuerpo el pecaminoso alimento injerido, vomitándolo en su totalidad. Con ésta se me aclaraban una de dos cosas, la primera era que realmente había pasado poco tiempo desde el episodio de la captura en el bosque, y que por consecuencia, los alimentos todavía no alcanzaban a ser digeridos. Y la segunda era que realmente si había pasado un tiempo largo desde mi captura, y que realmente estos seres ni siquiera habían oído hablar de la biología humana, alguna vez en su vida.
Luego de dejarme llevar por algo de mi aspecto que alcancé a apreciar, sumado con m vasta lista de prejuicios contra estos seres, y del poco criterio que podría haber alcanzado a llegar la directora de mi colegio, como para hacer cualquier cosa con el objetivo de inculcar la paz entre nuestras naciones; me rehusé. Me rehusé a asumir mi castigo, y decidí apelar por mis derechos.
Dentro de mi escaso bagaje acerca de estos recordé lo que alguna vez escuche como los derechos humanos, esos que no nos quitan ni nos dan, esos que nos son inherentes. Pero su respuesta es tan insatisfactoria como extraña, la directora insiste en que no poseo derechos humanos.
Un extraño impulso interno me insita a escapar, correr, sin importar fronteras. Corro, con todas mis fuerzas, entro en un bosque tan poco tupido, como el miedo que se empieza a infundar aquí dentro. Pero ya mis fuerzas no bastan y soy alcanzado por un par de guardias, sin embargo, en contradicción del miedo que me apresaba, logro defenderme y escabullirme de su sombría tarea. Nunca he sido una persona agresiva, de hecho no creo haber golpeado nunca a una persona con intensiones bélicas, pero sorpresivamente me doy cuenta que no soy un mal peleador. Esto hasta me da más energía y confianza para mi escapada.
Luego de victoriosos encuentros bélicos con guardias, y de varios minutos corriendo, llego a un hermoso claro del bosque, que mas que claro parece un oasis entre tanta oscuridad. Aquí me relajo, y trato de pensar en mi nueva vida como prófugo de la ley.
Creo haber leído alguna vez un best seller referente a un fugitivo, pero no hay tiempo para recuerdos. Me siento atrapado, no por guardias ni bestias misteriosas (que hubiese sido lo más sensato a pensar en tal instancia), sino por mi mente que me atrapa en una profunda desesperación libidinosa.
Hay sombras, que me obligan a volver a acrecentar mi miedo, me obligan a temblar. Ya no hay escapatoria alguna, no seré un fugitivo. Seré un reo más.
